Cuando reaccioné y pude ver que me estaba comportando como una niña de tres años cambié por completo mi actitud, me sequé las lágrimas y quise consolarla, abrazarla, decirle que yo estaba allí con ella y que no me iría a ningún lado, ni por eso ni por nada. Me quedé allí el resto del día, hablamos e intenté hacer como que no me afectaba para que ella estuviera bien. Incluso en algunos momentos, en parte, llegamos a olvidarlo y conseguimos reír, más o menos como lo hubiéramos hecho unos días antes.
No quería irme de allí. Era estúpido pero la simple idea de ir al baño y separarme de ella unos instantes me daba miedo. Quería ver su preciosa y cegadora sonrisa, quería que la tuviera grabada para siempre y estar allí para asegurarme de que así era.
Supongo que conociendo mi primera reacción de pánico mucha gente pensará: ¿alguna vez te planteaste dejarla, te diste cuenta de que un cáncer era demasiado para una relación de instituto? La respuesta es: rotunda y claramente no. Es cierto que me acojoné al principio y que siendo egoísta, mi cabeza alguna vez quiso que saliera corriendo, me dijo que tarde o temprano iba a sufrir, que aquello me pasaría factura. Pero mi corazón nunca me habría permitido dejarla. Ni en esa situación, ni en ninguna. La quería. Amaba a Britney Spencer, por encima de todo. Solo quería devolverle ahora una milésima parte de todo lo que ella me había dado, de la vida que yo no conocía y me había enseñado, de una felicidad que a su lado se había multiplicado por mil.
Me costó muchísimo despedirme de ella aquella noche cuando, llegado el momento, tuve que irme a mi casa.
- ¿Estarás bien? – le dije mientras me metía en el ascensor, hasta el que había querido acompañarme, y le daba al botón para que no lo llamaran.
- Sí – dijo cogiéndome por la chaqueta que llevaba encima del vestido y acercándome a ella – Gracias por ser tan perfecta, por estar hoy aquí, por existir.
Me besó, suavemente al principio, como si volviéramos a descubrirnos la una a la otra ahora que había cosas nuevas en nuestras vidas, con más pasión después, al darnos cuenta de que en realidad lo importante seguía siendo igual, seguíamos sintiendo lo mismo.
- ¿Puedo preguntarte algo? – dije al fin, después de callármelo toda la tarde y parte de la noche. Ella asintió - ¿Pensabas decírmelo? – Lo dije con un tono serio que dejaba ver claramente a qué me refería.
Dudó un instante, pude verlo en sus ojos. Me agarró de la mano y me sacó del ascensor en vistas de que aún no podíamos despedirnos y de que probablemente alguien más en el edificio usaba ese ascensor. Nos sentamos en las escaleras.
- A tu madre se le escapó que le dijiste que me lo habías contado ayer, pero no lo hiciste. Así que me pregunto si pensabas hacerlo o no – insistí.
- No lo sé, si te soy sincera. En parte, a veces, creía que lo mejor para ti era no decírtelo, dejarte y alejarme de ti para no joderte la vida con algo así.
- ¡¡¡¿Qué?!!! ¿Ibas a dejarme?
- ¡No! A veces creía que era lo mejor para ti, pero soy demasiado egoísta y creo que nunca podría haberte dejado, me dolería demasiado, no tendría fuerzas para luchar contra esto. Así que decidí que tenía que contártelo, que al fin y al cabo somos una pareja, para lo bueno y para lo malo y que te merecías saber la verdad.
- ¿Cómo sé que puedo creerte? ¿Cómo sé que si a tu madre no se le hubiese escapado hoy me lo habrías contado tú?
- Porque soy yo y te digo la verdad. Siempre. No te habría invitado a mi casa para que conocieras a mis padres si pensara dejarte ¿no crees?
No contesté, la creía. Solamente la besé, pasándole la mano por la espalda para acercarla a mí.
- Te quiero – le dije sin apenas separar sus labios de los míos.
- I love you too.
Sonreí. Ambas sabíamos que me encantaba que me dijera “te quiero” en inglés. Volvimos hacia el ascensor y volví a entrar, esta vez sí, para irme. Le guiñé un ojo justo antes de que el ascensor se cerrara y lo último que vi fue su sonrisa radiante como respuesta. Después la puerta se cerró y bajé a mi casa.
No cené ni hablé con nadie aquella noche. Sé que Naira me había notado rara porque me preguntó un par de veces qué me pasaba, pero yo no estaba preparada aún para hablarlo así que le pedí que me dejara sola, prometiéndole que se lo contaría cuando me viese capaz. Me tumbé en la cama, prácticamente nada más llegar a casa y no volví a levantarme.
No sé a qué hora me dormí. Sé que mi madre vino a verme y a desearme buenas noches y que le sorprendió que estuviera en la cama tan pronto y sin hacer nada aparentemente. Pero no preguntó demasiado. Y se lo agradecí.
Fue una noche interminable. Cuando por fin me dormí, soñé que estaba en una habitación cerrada, con un tío que me apuntaba con una pistola. Él tenía la cara borrosa así que no sabía quién era, solo que tenía una pistola y que podía matarme. El tío empezó a chillarme, moviendo la pistola delante de mí, algo que me dio muchísimo miedo. Entonces Britney apareció y se puso delante de mí, como protegiéndome con su cuerpo. El hombre borroso la amenazó pero ella no se apartó a pesar de mis súplicas. Y el tío disparó. Vi su cuerpo caer al suelo y el sonido retumbó en mi cabeza como si se tratara de una bomba. Vi la vida apagándose velozmente en sus ojos y temblé, de miedo, de frío; porque de pronto entendí que me había quedado sola en el mundo, que nunca más tendría su calor. La abracé en sueños y mis manos se empaparon con su sangre, que salía a demasiada velocidad por el orificio por el que había entrado la bala.
Creí que la había perdido para siempre, realmente lo creí. Y fue el sentimiento más devastador y angustioso que había tenido. Britney había muerto y la vida tal y como la conocía había acabado.
Me desperté sudando, totalmente mojada. ¡Estaba llorando! Llorando en la realidad por un sueño. Fue la primera de las muchas noches que soñé con la muerte de Britney.
jueves, 18 de marzo de 2010
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dios mio que bien escribes joder la gente que no lee esto es porq no sabe apreciar las cosas beunas jajaja....
ResponderEliminarun besazoooo y cuidateee
danii
Jajaja muchisimas gracias
ResponderEliminarUn besazo :)